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Eterna Bombonera

Jimbee acuña su propia moneda

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Corría el 12 de julio de 1873 de una agonizante Primera República cuando se enarbolaba en el Castillo de Galeras de la Trimilenaria Cartagena la bandera turca de la libertad. La Revolución frente al Gobierno central tomaba forma y el Cantón era una realidad, de la mano del poderío naval con base en la ciudad mediterránea.

Al mando, un murciano de Torreagüera, Antonio Gálvez ‘Antonete’, comandante general de las Fuerzas del Ejército, Milicia y Armada del Cantón de Cartagena. La Revolución desde abajo que decían, con un gran eco internacional, y a la que se fueron adhiriendo desde todos los estratos sociales en su apoyo, presidiarios incluidos.

Y no iban de farol quienes encabezaban cuan compleja empresa, habida cuenta de las numerosas reformas de calado que se implementaron en tan poco tiempo… ¡y en qué tiempos! La abolición de la pena de muerte, la legalización del divorcio, la promulgación del derecho al trabajo con jornadas de 8 horas, entre otros, tuvieron su culminación con la acuñación en los talleres del Arsenal Militar de su propia moneda, el duro cantonal, que atesoraba mayor calidad que la moneda nacional puesta en circulación por la propia República.

Dirán quienes hasta aquí hayan llegado, que quien suscribe ha debido confundir la temática propuesta en el título del presente, pues poco o nada tienen que ver unos hechos de relevancia histórica con el fútbol sala. Permítame el lector que discrepe y tenga a bien concederme unas líneas para convencerle de que se halla en un mayúsculo error.

Resulta que viene produciéndose en nuestra ciudad una Revolución en el fútbol sala; una revolución invisible, ensombrecida por los efectos de una Pandemia que ya dura demasiado. Una revuelta en toda regla encabezada, como en su tiempo la Revolución Cantonal, por el Comandante General Eduardo Sao Thiago ‘Duda’, el otrora murciano de corazón que ha conquistado, desde abajo, las almas de cuantos aficionados atesoran el privilegio de respaldar a su equipo desde hace más de veinte años y que ven en la figura del meritado entrenador la posibilidad, después de muchos años, de protagonizar toda una histórica rebelión de la mano de un ejército de comprometidos jugadores que están dispuestos a morir por la causa.

Y tan en serio se han tomado esta tarea, que ha convertido a la milicia cartagenera en la más goleadora de la categoría, sin hacer ruido. Un logro impensable en una tierra acostumbrada a resistir y a morir de pie. Y no sólo eso, sino que ha conseguido que los suyos se dejen la piel en cada partido, para honra de seguidores y aficionados, que vitorean desde las pantallas de sus televisores el excelente estado de forma de jugadores curtidos ya en mil batallas y con decenas de heridas en la piel,  fruto de su sacrificio por la elástica que han venido defendiendo cuando el Comandante que nos ocupa no tenía mando en plaza ni el viento sonreía de cara. Raúl, Juanpi, Fran, Jesús, y como no, el líder de esta maravillosa insurreción, Mellado. Todos ellos, se unen a una corte de sorprendentes jugadores con un extraordinario rendimiento y un descontado talento: Lucao, Walter, Chemi, Andresito, Avellino, Bebe, Chispi, Solano, Marinovic, Franklin y Carlos Bartolomé.

Son los auténticos líderes del movimiento puesto en marcha por el comandante ‘Duda’; movimiento que ya ha acuñado su propia moneda: la moneda del juego vistoso, de los goles, de la ilusión por cambiar las cosas y de enarbolar la bandera de su equipo en lo más alto de las 5 colinas de una ciudad ávida de alegrías y orgullosa de los suyos, por los que están dispuestos a morir y a quienes desean ver en lo más alto, paseando el nombre de su tierra por España con la determinación de que han venido a hacer historia.

En suma, una revolución, que al contrario de la cantonal, no va a terminar en capitulación, sino en victoria, la lógica consecuencia del trabajo bien hecho, el esfuerzo, la honestidad y el orgullo de defender una justa causa.

Decían de Cartagena que era ‘inexpugnable por tierra y mar’, bien lo sabe el General Escipión, que tuvo a bien recompensar la conquista de Carthago Nova con dos coronas, que con orgullo lucen en nuestra bandera. Hónrenla con sacrificio y el pueblo estará siempre con ustedes.

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